Cada día, al analizar el rendimiento físico de los jugadores y planificar los entrenamientos junto a mis compañeros, me enfrento a retos que van mucho más allá de lo estrictamente físico. Observar cómo responde el cuerpo, ajustar cada ejercicio, interpretar los datos y preparar al equipo para competir al máximo nivel es un desafío técnico constante, pero también un ejercicio de comprensión humana. Porque detrás de cada esfuerzo hay personas, emociones, contextos y experiencias que influyen directamente en el rendimiento.
En esos momentos de reflexión sobre todo lo que no siempre se mide, pero que pesa tanto como lo físico, vuelven a mi memoria aprendizajes que marcaron una etapa clave de mi formación, con la A.D. Montañana como protagonista. Recuerdo la constancia que Adri Sierra o Luis Javier Pomar nos inculcaban en cada sesión de entrenamiento, la importancia de repetir, de insistir, de no bajar los brazos. También la humildad con la que escuchábamos a Carlos Fernández o Quike Quilez cuando intentaban enseñarnos algunas de sus diabluras con el balón, entendiendo que aprender empieza por saber escuchar.
Son recuerdos que aparecen de forma natural, casi sin buscarlos, y que hoy adquieren un significado distinto. Porque entonces eran rutinas; ahora son valores. Y porque muchas de esas enseñanzas no estaban escritas en ningún plan de entrenamiento, pero dejaron huella.
También, en los días de competición, cuando salto al césped de los estadios, regresa aquella ilusión intacta por pisar el campo del Gran Capitán. Esa sensación de respeto por el juego, por el lugar y por lo que representaba vestir una camiseta. Y, sobre todo, recuerdo el papel de aquellos padres y madres que, ejerciendo como delegados, nos enseñaron algo fundamental: el respeto por los compañeros, por los rivales y por los árbitros, entendiendo el fútbol como un espacio de convivencia y aprendizaje.
Hoy, inmerso en un entorno profesional de máximo rendimiento y exigencia, siento que todo aquello vivido en la Agrupación Deportiva Montañana sigue acompañándome cada día. Me recuerda que el fútbol es mucho más que preparación física, análisis de datos o conocimientos técnicos adquiridos con los años. Es equilibrio entre cuerpo y mente, pero también una base sólida de valores que se construyen desde abajo.
Porque el rendimiento no empieza el día del partido ni termina con el pitido final. Se forma mucho antes, en campos modestos, en entrenamientos sencillos y en personas que entienden el deporte como una herramienta para crecer. Y esa, al menos para mí, sigue siendo la verdadera base de todo rendimiento.
Pablo Quilez
Analista de rendimiento del Real Zaragoza
Vecino de Montañana y exjugador de la A.D. Montañana
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